Salvar la Brecha de la Fe
La mayor crítica del ateísmo de todos los tiempos.
You can read and share this Article in English <link>
El “salto de fe” no es creer en algo que a todas luces es imposible – la resurrección de un cuerpo muerto – sino más bien es creer, a partir de la evidencia que tienes de las experiencias que has vivido, que aquello que parece imposible puede suceder. Por lo tanto, tienes razones para creer... y crees, saltando la aparente brecha de lo imposible.
Lo hacemos cada día, nos esforzamos en lograr retos frente a la adversidad de un mundo que nos reta al borde de lo imposible para lograr aquello que creemos es mejor, correcto y bueno. La realidad es que lograr los grandes retos no depende exclusivamente de tu fe, pero sin ella, tú no te pones en la posición de experimentar una esperanza que cambia la posibilidad en esa certeza que hace que una vida valga la pena ser vivida.
Mi reto en este corto ensayo es reflexionar sobre la diferencia entre la fe que ejercemos cada día al levantarnos y la que crece en nosotros no para transformar el “afuera” de nuestro mundo, sino el “adentro” de nuestra existencia y esencia.
¿Qué entiendo de la fe espiritual?
Dos cosas he aprendido de la fe en Dios: es una dádiva de su gracia y es el brote inicial dentro de nosotros que, al ser fe viva y vital, crece dando frutos que no dependen exclusivamente de nuestro esfuerzo… un río de agua viva que fecunda vida en abundancia.
Si “la fe es creer, a partir de la evidencia que tienes, en aquello que parece imposible pueda suceder” (parafraseo Hebreos 11:1), entonces creer que Dios puede transformar nuestras vidas y darle esperanza a esa certeza es fruto de reconocer su Divina providencia en nuestras vidas.
Si lo consideras, esa evidencia requiere que mires y reconozcas, precisamente la “Divina providencia en nuestras vidas”, y eso es un regalo, no es algo que nosotros hacemos o merecemos. Acaso, ¿no es un regalo que su mano nos apoye y soporte? Eso lo está haciendo con cada bocanada de aire que respiramos; porque te guste o no, tu vida es frágil y depende de miles de factores que están totalmente fuera de tu control para poder florecer.
La fe espiritual es reconocer quiénes somos y, que es Él precisamente que hace que nuestra vida cambie – a ver si puedo explicarme mejor.
Poco a poco, paso a paso – lo que he aprendido – es que, en pequeñas y grandes circunstancias, puestas en la perspectiva del tiempo y la sobriedad de mi humildad, reconozco la intención de “alguien” mucho más sabio y capaz que yo en guiar mi vida; aún en las difíciles circunstancias o, quizás especialmente evidente, precisamente en ellas. Las pruebas se van apilando.
Reconocernos amados por aquello escondido e intencional detrás de las circunstancias sería la consecuencia lógica. Pero, no se puede resaltar lo suficiente: es nuestro ego y orgullo el que se interpone: creemos nosotros ser los autores y causantes de las circunstancias bondadosas de la vida; y sentimos la adversidad como obstáculos injustos. Por tanto, nos perdemos de las evidencias de su justicia, de su misericordia, de su bondad y de su cariño.
Pedirle a Dios que incremente nuestra visión para reconocer su mano, orar porque no obstaculicemos su enseñanza a través de la vida, es pedir por la gracia de la fe.
Porque de Él viene la fe que me ordena y reorganiza por dentro, no de mi esfuerzo – porque sin la visión correcta, todo camino que vale la pena, además de tortuoso, es doloroso – pero con Él, se hace más ligero, y me atrevo a decir, se hace con esperanza.
“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana”.
– Mateo 11:28-30
El Camino Dorado
Toda experiencia humana es el esfuerzo por discernir el camino a seguir. Algunos se centran en el camino expedito y, tomando atajos, luego cosechan frutos amargos. Pero la fe viva, la que está enfocada a encontrar el camino correcto que edifica: enaltece, da frutos a largo plazo y descubre las pepitas de oro en el camino dorado.
En el Antiguo Testamento hay una imagen muy poderosa: vivir “andando delante de Dios” (Salmo 116:9). Dios hace una alianza, como si fuese entre iguales, y comanda a Abraham:
“Yo soy el Dios Todopoderoso;
Anda delante de mí y sé perfecto.”
– Génesis 17:1
Él camina detrás de nosotros visionando nuestro camino, iluminando nuestros pasos. Ese es el resultado de la fe que confía que Él está en control y que todo lo que nos pase es un proceso de justicia, amor, compasión y fidelidad a ese pacto que hizo con nosotros. Su Espíritu dará frutos en nosotros y, a través nuestro, “todos serán bendecidos” (ref.: Genesis 12:1-3) como fruto de esa confianza.
Señor, tú me sondeas y me conoces,
tú sabes si me siento o me levanto,
tú, desde lejos, conoces mis pensamientos…
Tú creaste mis entrañas,
en el seno de mi madre me tejiste.
– Salmo 139
¿Por qué la fe que describo es cristiana?
Hace dos mil años vivió alguien que dijo de sí ser el Hijo del Hombre [Ben Adam (בֶּן־אָדָ) o Hijo de la Humanidad (Adán = Humanidad)] e hizo referencias directas y continuas a que él era Yahvé, el Dios a quién se le atribuye la creación del mundo, sacar a los judíos de la tiranía de Egipto o entregar las tablas de la Ley a Moisés.
“Yo soy la luz”: En el Salmo 27:1 dice “Yahvé es mi luz”.
“Yo soy el buen pastor”: En el Salmo 23:1 dice “Yahvé es mi pastor”.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”: Atributos exclusivos de la deidad.
“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Dios con nosotros).”
– Isaías 7:14
A través de toda la Biblia, Dios comunica incesantemente que debemos mantenernos conectados a Él para dar fruto. Todas sus instrucciones, leyes y mandatos están dirigidas a reconocer que en nosotros nace toda la muerte, devastación que desajusta el mundo; por tanto recordándonos que debemos esforzarnos en mantener relaciones sanas, justas y armoniosas como la base de una relación correcta con Él.
Pero vivimos en un cosmos bipolar, de opuestos que se enfrentan. La implicación fundamental es que, en una criatura consciente, la polaridad pasa por el centro de su existencia: existen el bien y el mal, la luz y la oscuridad precisamente en su interior. El libre albedrío es la raíz de hacia qué polo crecemos y la fuente de todos los males del mundo.
Hay un polo que ofrece dirección, balance, paz y desarrollo con gozo a pesar de todas las adversidades; sin embargo, requiere esfuerzo, sacrificio, determinación e ir a contracorriente, porque ese polo es contrario al mundo que los humanos hemos creado. Dios no es el polo; Él es la Fuente de la cual todo lo que 'es' deriva su realidad. Hay otro polo que ofrece alegría, satisfacción, abundancia y certezas conjugadas con el mundo que los humanos hemos creado, pero todo ello es fugaz en su permanencia, ilusión en su consistencia, genera insatisfacción a largo plazo y requiere de continua protección para no perderlo. Este segundo polo deriva de 'todo lo que no es' –un vacío de lo que 'es': Dios. La muerte, el mal y la oscuridad tienen una consistencia de ausencia y provienen de una fuente negacionista.
“Puesto que [Jesucristo] es Centro de centros, en el último pico, en el ‘Punto Omega’, es donde se opera la unión de las mónadas1 humanas... Dios no se impone desde fuera como un amo, sino que se revela desde dentro como el motor y el término de la evolución.”
– Pierre Teilhard de Chardin, “El Fenómeno Humano”.
Una fe que incluye a Jesús como fuente y destino de todo lo bueno a lo que un ser humano puede aspirar, genera un vínculo – con la fuerza misma que creó el universo, sacó al pueblo judío de la tiranía, entregó las tablas de la Ley a Moisés, caminó el Medio Oriente en el siglo I, fue crucificado por las autoridades judías y de romanas de la época y resucitó al tercer día – y ese vínculo guía y fortalece a quien le da su confianza para guiarle al propósito mismo para el que fuera creado.
A menudo pensamos que el salto de fe requiere una fuerza sobrehumana, cuando en realidad nace de reconocer nuestra absoluta fragilidad. Es en la humildad de aceptar que no controlamos ni nuestro próximo aliento, donde la fe deja de ser un peso y se convierte en entrega. Al entender que nuestra vida está sostenida por una fidelidad que nos precede – esa misma que a mí me despertó a una nueva vida hace más de cuarenta años –, el salto ya no es hacia el vacío, sino hacia los brazos de quien sostiene el universo.
No saltamos para alcanzar algo, sino porque hemos comprendido que ya somos sostenidos. Es ahí donde la incertidumbre del mundo se disuelve en una paz que, más que lógica, es una certeza.
No solo lo creo, ¡lo sé!
Si te interesa una visión ética y cristiana de entender y usar la inteligencia artificial, conecta con nosotros en
Nota: Teilhard utiliza el término "mónada" (del griego monas, unidad) para referirse al individuo humano como una unidad única de conciencia. A diferencia de otros filósofos, él sostiene que estas unidades no están aisladas, sino que están diseñadas para unirse entre sí sin perder su identidad personal.



